Hay pocos finales de camino tan rotundos como este. El far de Cap de Creus, encendido en 1853 sobre un acantilado negro, marca el punto más oriental de la Península Ibérica: el lugar donde, como dice la divulgación clásica, «el Pirineo se asoma al mar». Es también el extremo mediterráneo del GR-11, la Senda Pirenaica que cruza la cordillera desde el Cantábrico. Esta ruta sube hasta allí a pie y desde Cadaqués, por el Camí antic: el sendero tradicional que serpentea por la costa entre calas —Sant Lluís, Guillola, Cala Jugadora— sobre rocas metamórficas plegadas y redondeadas por la tramuntana, el viento del norte que aquí lo manda todo y que apenas deja crecer un árbol. Son unos 12,5 kilómetros de ida y vuelta de dificultad moderada, sin pasos que exijan las manos, pero largos, expuestos al sol y al viento y sin una sombra fiable. A cambio, el caminante que sube por aquí se ahorra la cola de coches de verano y llega al faro por la puerta de atrás de la historia.
El cabo de Creus es geología de referencia mundial. Lo que parecen rocas blandas y derretidas son esquistos precámbricos atravesados por venas de pegmatita, plegados durante la orogenia varisca y luego pulidos durante milenios por el viento y la sal hasta convertirse en esculturas naturales con nombre propio, como la Roca del Camell en el Pla de Tudela. Los geólogos vienen de todo el mundo a estudiar aquí las zonas de cizalla; los demás venimos a mirar. No es casualidad que Salvador Dalí, que vivió al lado, en Port Lligat, hiciera de este paisaje su mundo: las formas fundidas de La persistencia de la memoria son, literalmente, las del cabo. La península está protegida desde 1998 como el primer parque marítimo-terrestre de Cataluña, casi 14.000 hectáreas entre tierra y mar.
El faro tiene casi dos siglos de historia. Se encendió la noche del 29 de julio de 1853 y es el segundo más antiguo de Cataluña; su luz alcanza veinte millas náuticas desde una torre de apenas once metros, porque se asienta a ochenta y siete metros sobre el mar, encaramado al acantilado. En 1937, durante la Guerra Civil, un ataque dejó su lente inservible. Conviene una precisión honesta: esos ochenta y siete metros son la altura del plano focal de la linterna sobre el agua, no la cota del terreno que pisa el caminante, que ronda los ochenta metros en el entorno del faro. El recorrido no busca una cumbre, sino un confín: la sensación de haber llegado al borde del continente, con el mar abierto a tres lados.
Aquí termina el GR-11: ochocientos cuarenta kilómetros y unos treinta y nueve mil metros de desnivel acumulado en cuarenta y cinco etapas que cruzan los Pirineos desde el cabo Higuer, en Hondarribia, hasta este faro. La etapa 1, en sentido inverso, arranca justo en la Punta de Cap de Creus y baja hacia el Port de la Selva. Llegar al faro a pie tiene, por eso, un punto ceremonial que no se siente bajando del coche. Y hay un detalle de paisaje que no se puede pasar por alto: en el Pla de Tudela, junto a Cala Culip, hubo un Club Med de cuatrocientas habitaciones construido en 1960 sobre la punta más oriental de Iberia; entre 2010 y 2013 se demolió por completo en la restauración Tudela-Culip, uno de los grandes ejemplos europeos de devolver un paisaje al estado salvaje, hoy premiado internacionalmente.