Pocos lugares de la costa española se han vuelto tan reconocibles como San Juan de Gaztelugatxe: un islote rocoso que el Cantábrico ha ido tallando hasta dejarlo casi aislado, unido a tierra por un puente de piedra de dos arcos y coronado por una pequeña ermita dedicada a San Juan Bautista. Para llegar hasta ella hay que afrontar la imagen icónica del lugar: una escalera de 241 peldaños, repartidos en cinco tramos, que zigzaguea por el lomo del islote sobre el mar abierto. El recorrido a pie es corto —apenas dos kilómetros de ida y vuelta desde el acceso de Eneperi/Urizarreta—, pero no es un paseo: la bajada hasta el istmo tiene fuerte pendiente, la subida de vuelta se nota en las piernas y las escaleras del islote, empinadas y expuestas al viento y al oleaje, exigen prudencia. El esfuerzo se paga con una de las estampas más rotundas del litoral vasco, entre acantilados, gaviotas y el rumor permanente del Cantábrico contra la roca.
El islote forma parte del Biotopo Protegido de San Juan de Gaztelugatxe, dentro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, y se reparte administrativamente entre los términos de Bakio y Bermeo: el acceso de Urizarreta, junto al restaurante-mirador de Eneperi, queda en el lado de Bakio. Aquí el Cantábrico ha modelado un paisaje de acantilados, calas y simas que es a la vez refugio de aves marinas y un enclave cargado de historia: hay constancia de culto en el islote desde la Edad Media, con una ermita que ha sido incendiada, reconstruida y saqueada en distintas épocas. La tradición manda subir los peldaños, tocar la campana de la ermita —tres veces, según la costumbre, para pedir un deseo— y bajar con calma, sin prisas en una escalera que no las admite.
El gran protagonista es la escalera. La cifra oficial de la Diputación Foral de Bizkaia es de 241 peldaños en cinco tramos (algunas guías citan 231, y si se cuentan todos los escalones desde el puesto de control el total se acerca a los 300). Salvan algo más de cien metros de desnivel pegados a la roca, con un pasamanos intermitente que no recorre todo el trazado, de modo que conviene ir despacio, agarrarse donde haya barandilla y extremar la atención cuando la piedra está mojada por la lluvia o por las salpicaduras del mar. No es un tramo técnico ni hay que trepar, pero sí es físicamente exigente, sobre todo a la vuelta, y desaconsejable para quien sufra de vértigo o no tenga el paso firme.
La fama mundial del lugar se disparó cuando el islote y su ermita se convirtieron en «Rocadragón» (Dragonstone), el bastión de Daenerys Targaryen, en la serie Juego de Tronos. La avalancha de visitantes obligó a las autoridades a regular el acceso para proteger el entorno: en los días de control de aforo hace falta una reserva gratuita por internet —se tramita en la web oficial (tiketa.eus/gaztelugatxe o erreserbagaztelugatxe.bizkaia.eus)—, con un aforo máximo de 1.462 personas al día; fuera de esos días y horarios el camino es libre. Hay jornadas de cierre ligadas a romerías y actos locales, y conviene comprobar siempre el calendario y los horarios de 2026 en la web oficial antes de ir, porque cambian cada temporada.