El Bosque de Oma es el «Bosque Animado» que el escultor y pintor Agustín Ibarrola creó en los años ochenta en un pinar de Kortezubi, dentro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai: una de las obras de land art más célebres de España. Ibarrola pintó 34 conjuntos —ojos, labios, rebaños, figuras humanas y trazos geométricos— sobre cerca de 800 pinos de Monterrey, en una ladera de unas 12 hectáreas, de modo que las composiciones solo se completan cuando el caminante se coloca en el punto justo y cambia de perspectiva. No es una cumbre ni una gran travesía, sino un paseo de media jornada: una circular cómoda de 5,94 kilómetros por pista y senda forestal que arranca en el aparcamiento de Lezika, junto al restaurante del mismo nombre y las cuevas de Santimamiñe, y se interna entre prados y pinares hasta el bosque pintado. Conviene saber dos cosas antes de ir: la visita es gratuita pero exige reserva previa, y el bosque que se visita hoy no es el original.
La obra nació hacia 1982-1985, cuando Ibarrola —referente del arte vasco del siglo XX— decidió pintar directamente sobre los troncos vivos de un pinar para que el bosque y la pintura fueran una sola cosa. Durante décadas, el Bosque de Oma fue un peregrinaje obligado en Urdaibai. Pero los pinos enfermaron: la llamada «banda marrón del pino», un hongo, fue secando los árboles y volviéndolos peligrosos, hasta que hubo que talarlos. Para salvar la obra, Ibarrola y su entorno la repintaron sobre nuevos pinos en una ladera cercana, más luminosa y estable, dentro del mismo barrio de Basondo. El nuevo Bosque de Oma reabrió al público en otoño de 2023: es el que se recorre hoy. Quien recuerde el de antaño lo encontrará trasladado de sitio, pero con las mismas 34 composiciones que Ibarrola firmó en su día.
El recorrido es familiar y sin dificultad técnica, pero tiene su perfil: desde el aparcamiento de Lezika la pista forestal sube y baja de forma constante entre caseríos, prados y pinares, con algún repecho que se nota y firme irregular en algún tramo, sobre todo dentro del propio bosque. No hay cumbre ni un punto culminante claro —el hito es la obra, no una cota—, así que el desnivel se va acumulando en pequeños toboganes a lo largo de los casi seis kilómetros del circuito. Por eso el perfil se describe en prosa y no con cifras de precisión engañosa: el modelo digital de elevaciones distorsiona este relieve de lomas suaves, y lo que importa no es un número exacto de metros sino el carácter del terreno: un sube y baja agradable, abordable con niños que caminen, pero no apto para sillas de ruedas ni carritos de bebé. Para los más pequeños, lo práctico es la mochila portabebés.
El Bosque de Oma está dentro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, declarada por la UNESCO en 1984, uno de los espacios naturales más valiosos del Cantábrico: la ría de Gernika, sus marismas, encinares cantábricos y este mosaico de campiña atlántica. La excursión se presta a combinarse: en el mismo punto de partida están las cuevas de Santimamiñe, con pinturas rupestres del Paleolítico (visitables de forma guiada y virtual), y a un paso quedan Gernika, con su Casa de Juntas y el árbol símbolo del País Vasco, o el mirador de San Pedro de Atxarre. La mejor época es el otoño, cuando la luz tamizada y los colores realzan las figuras pintadas; también la más concurrida, así que conviene reservar con tiempo y madrugar.