El Pedraforca es, probablemente, la montaña más reconocible de Cataluña: una mole caliza partida en dos picos —los dos pollegons— que dibujan en el cielo del Berguedà la silueta de una horquilla de piedra, de ahí su nombre («pedra forca», piedra-horca). Subir a su punto más alto, el Pollegó Superior (2.506 m), es uno de los itinerarios más codiciados del Prepirineo, pero conviene decirlo claro desde la primera línea: no es una excursión de senderismo. La circular clásica desde el aparcamiento del Mirador de Gresolet (1.573 m) remonta el bosque hasta el refugi Lluís Estasen, encara la fuerte canal del Verdet hasta el collado del mismo nombre y, ya en el cordal, supera una trepada de grado I aérea por l’Enforcadura hasta la cima. El descenso se hace por la temida tartera, un canchal de roca pulida que cada temporada deja resbalones y rescates. Son 8,1 kilómetros circulares con +1.100 metros de desnivel, una jornada de alta montaña que exige pie firme, cabeza fría y experiencia.
El macizo del Pedraforca está protegido dentro del Parc Natural del Cadí-Moixeró y como Paraje Natural de Interés Nacional desde 1982, uno de los primeros espacios de este rango en Cataluña. Su perfil de doble pico es geología pura: una cabalgadura de calizas del Cretácico montada sobre materiales más blandos, esculpida por la erosión hasta dejar esas dos agujas —el Pollegó Superior (2.506 m) y el Pollegó Inferior (2.444 m)— separadas por el característico collado en forma de U que los montañeros llaman l’Enforcadura. La cara norte, vertical y umbría sobre el bosque de Gresolet, es terreno histórico de la escalada catalana; el itinerario a pie rodea esa pared y ataca la cima por su flanco más accesible, que no por ello fácil.
El gran punto de inflexión de la ruta es la canal del Verdet. Tras la cómoda aproximación por el bosque hasta el refugi Lluís Estasen —a los pies mismos de la cara norte—, el camino se empina sin tregua por una canal pedregosa hasta el coll del Verdet (unos 2.244 m). Es un tramo donde la caída de piedras es real, sobre todo con la montaña masificada: lo que suelta el que va arriba cae sobre el que va abajo. Desde el collado, el cordal sobre la cara norte conduce a l’Enforcadura y de ahí arranca lo más serio: una trepada de grado I, aérea, con algún paso equipado pero sin línea de vida continua, que pide usar las manos, no perder la calma y no tener vértigo. No es escalada, pero tampoco es caminar.
El descenso tiene su propia leyenda negra: la tartera. Es un canchal de fuerte pendiente que baja directo hacia el refugio, con la roca pulida y resbaladiza por el paso de miles de botas cada año. Es, con diferencia, el lugar donde más accidentes se registran en el Pedraforca —resbalones, esguinces, fracturas— y donde más a menudo intervienen los equipos de rescate. Desde 2016 existe un camino señalizado con marcas amarillas paralelo a la tartera, recuperado precisamente para reducir esos incidentes: conviene seguirlo, bajar despacio y, idealmente, con casco. Y una advertencia importante: no hay que confundir esta ascensión con la «Volta al Pedraforca» (el PR-C 123), un bonito sendero circular que rodea el macizo a media altura sin subir a la cumbre. Son dos rutas muy distintas en dificultad.