La Ruta de las Caras es uno de esos lugares que parecen sacados de un sueño: un museo de escultura al aire libre donde unas 18 a 20 caras y bajorrelieves emergen de la roca arenisca entre los pinos del pinar de San Isidro, a la orilla del embalse de Buendía, al norte de la provincia de Cuenca. La Dama del Pantano, La Calavera, Krishna, Maitreya, Arjuna, los duendes escondidos en las grietas, las cruces templarias, La cara de poder… son obra de los artistas Eulogio Reguillo y Jorge Maldonado, que empezaron a tallarlas en 1992 y siguen ampliando el conjunto. El paseo para verlas es corto, casi llano y familiar: apenas dos kilómetros y medio de ida y vuelta por sendas de tierra entre los pinos, con unos cincuenta metros de desnivel. A los niños les encanta «buscar» las caras, y el acceso es libre y gratuito durante todo el año. Quien quiera más kilómetros tiene a su disposición el sendero homologado PR-CU 46, un circular largo de unos quince kilómetros y tres cuartos que rodea la península del embalse.
El conjunto nació de un encuentro de amistad y una fascinación compartida por la piedra. En 1992, Eulogio Reguillo y Jorge Maldonado eligieron este rincón del pinar de San Isidro —arenisca blanda, fácil de trabajar, junto a un embalse de luz cambiante— para tallar directamente sobre la roca, sin arrancarla de su sitio. Desde entonces han ido sumando piezas: hoy se cuentan entre dieciocho y veinte obras según la fuente, de tamaños muy distintos, desde relieves de apenas un metro hasta figuras que se alzan varios metros sobre el suelo, con piezas que llegan a los ocho metros en el conjunto. Las hay de inspiración religiosa y oriental —Cristo, las Vírgenes, Krishna, Arjuna, el Maitreya budista (que mide alrededor de un metro y medio, no seis)—, simbólica —la Moneda de la Vida, las cruces templarias— y casi lúdica, como los duendes agazapados en las grietas que los más pequeños tardan en descubrir.
El recorrido corto reparte las esculturas en tres núcleos que se enlazan caminando entre pinos. En el sector alto, junto al aparcamiento, aparecen las cruces templarias, Krishna, Maitreya y Arjuna; en el central, Beethoven, el Chamán, el duende de la grieta y la tumba antropomorfa; y bajando hacia la lámina de agua, los rostros más fotografiados: La Calavera (también llamada «De muerte»), la Dama del Pantano —el rostro femenino tallado a ras del embalse, que cuando el agua sube parece flotar— y, en el extremo más alejado, a poco más de medio kilómetro del coche, La cara de poder. El nivel del pantano lo gestiona la Confederación Hidrográfica del Tajo y cambia mucho con la época: en primavera el agua «lame» a la Dama, mientras que en verano, al bajar, asoman obras que el resto del año quedan sumergidas.
Es una ruta pensada para disfrutar sin prisa y con cualquier compañía. El firme es de tierra, con algún tramo de escalones y de roca, por lo que no es del todo cómoda para carritos de bebé —mejor mochila portabebés o un carro de ruedas grandes— ni accesible para sillas de ruedas. Conviene calzado cerrado, llevar el agua de casa porque no hay fuentes en el recorrido y, en los meses de sol, gorra y protección: el pinar da sombra, pero las esculturas de la orilla quedan al descubierto. La mejor luz es la del atardecer, cuando la arenisca y la Dama del Pantano se tiñen de dorado. Y una advertencia que no sobra: las obras de la orilla se asientan sobre rocas irregulares con desnivel hacia el agua, así que con niños pequeños conviene no perderlos de vista cerca del borde.