El Sendero Dunar es un itinerario circular del Parque Nacional de Doñana, en el extremo de la urbanización de Matalascañas, en el municipio onubense de Almonte. La ficha técnica de la Ventana del Visitante de la Junta de Andalucía lo describe como un trazado circular de 1.717 metros, con una hora de duración y dificultad Baja; en su texto habla de «1,5 Kilómetros aproximadamente». Recorre varios subsistemas del sistema dunar litoral, desde las dunas embrionarias del borde de la playa hasta el primer corral, donde aparecen árboles de gran porte. Atención: la Junta mantiene el sendero cerrado al público desde el 10 de julio de 2026 por obras de emergencia tras el temporal de enero y febrero, sin fecha de reapertura publicada; consulta la Ventana del Visitante antes de ir. El GPX del IGN/CNIG que usamos para el mapa, medido punto a punto, da 1,368 kilómetros y no cierra sobre sí mismo, con 302,7 metros entre el primer y el último punto, porque incluye una aproximación desde la urbanización. Es una medición de la traza, distinta de la cifra oficial de la Junta. Las cotas de la traza van de 4 a 19 metros: no hay desnivel que salvar, solo un paseo corto para leer con calma un sistema dunar que no deja de moverse.
El sendero es en realidad una lección de geomorfología que ocurre en tiempo real. La Junta de Andalucía explica que recorre varios subsistemas, desde las dunas embrionarias del borde de la playa hasta el primer corral con árboles de gran porte. Las dunas embrionarias empiezan a formarse en la playa cuando el viento arrastra la arena y esta se acumula alrededor de cualquier pequeño obstáculo del relieve. Esos montículos crecen y se unen hasta formar los trenes dunares, que avanzan costa adentro empujados por el mismo viento que los originó. Entre esas sucesivas líneas de avance quedan depresiones que en la zona se conocen como corrales. Lo particular de este sistema es que nunca deja de moverse: la vegetación asentada en un corral puede acabar enterrada bajo la arena que avanza, y cuando la duna sigue su curso y libera de nuevo esa franja, nuevas semillas germinan en un ciclo que se repite a lo largo del litoral. Quien pueda recorrer el sendero cuando reabra no tendrá que imaginar cómo se forma una duna: basta con mirar a los lados y distinguir el montículo recién nacido del corral que todavía guarda la vegetación.
La vegetación que crece en un sistema dunar litoral como este responde a una lógica sencilla: quién aguanta que el suelo se mueva y quién necesita tener el agua cerca. En las dunas, donde la arena avanza y apenas retiene humedad, solo prospera vegetación pionera de bajo porte, capaz de vivir sobre un sustrato inestable. El barrón es la especie que mejor representa esa estrategia: su sistema de raíces le permite penetrar en profundidad hasta encontrar el agua que necesita para sobrevivir, ancladas bajo capas de arena que no dejan de desplazarse. Junto a él aparece la clavellina, otra planta capaz de instalarse en ese mismo terreno móvil. La situación cambia por completo en los corrales, esas depresiones entre trenes dunares donde la capa freática queda mucho más cerca de la superficie. Ahí el suelo es más estable y hay agua accesible, así que se instalan especies de mayor porte: pinos piñoneros, enebros y sabinas, junto con un matorral adaptado a esa dinámica de enterramiento y resurgimiento que vive el sistema dunar. Su especie representativa es la camarina, a la que se suman el espino negro, el torvisco y el jaguarzo morisco. En pocos metros de pasarela se pasa así de una vegetación que resiste el movimiento a otra que aprovecha la relativa quietud del corral, y esa alternancia es, junto con las propias dunas, el otro relato botánico del sendero.
En las arenas de un sistema dunar quedan marcadas huellas que delatan la fauna de la zona, aunque los animales rara vez se dejan ver a plena luz, y en Doñana conviene recordar que viven reptiles como la víbora hocicuda, venenosa. Esta ficha no cuenta con un aviso oficial específico sobre ella en este sendero: es una precaución general de sentido común. Lo prudente es mirar dónde se pisa, no intentar manipular ni molestar a ningún animal y dejarle espacio para que se retire por su cuenta. Si se produjera una mordedura, no hay que hacer torniquete ni succionar el veneno: se inmoviliza la zona afectada y se llama al 112. La Junta de Andalucía recomienda además no salirse del camino señalizado ni tomar atajos, no molestar ni alimentar a los animales y llevar agua, protección solar y calzado adecuado. Quedarse siempre en el sendero es también la forma más directa de no dañar un sistema dunar que depende de que nadie pise fuera del trazado.
El trazado del mapa procede del GPX del IGN, publicado en el Centro de Descargas del CNIG dentro de la serie de Rutas de Parques Nacionales de Doñana (archivo PRPND7). Tiene 110 puntos con cota y mide 1,368 kilómetros según nuestra medición, sin cerrar sobre sí mismo: quedan 302,7 metros entre el primer punto y el último, porque el archivo incluye una aproximación desde la urbanización. La cifra oficial de la Junta de Andalucía es otra: trazado circular de 1.717 metros, con una hora de duración y dificultad Baja, y un texto que habla de 1,5 kilómetros aproximadamente. Por eso en la cabecera damos la cifra de la Junta y aquí dejamos aparte la medición de la traza. Las cotas de la traza van de 4,5 a 18,9 metros. El desnivel que publicamos, +10/-10 metros, es una medición propia suavizada sobre el GPX, porque la Junta no publica esa cifra.